miércoles, 6 de julio de 2011

Espiritualidad: Los ojos del sobremundo

Los ojos del sobremundo


Una novela de ciencia ficción es un tema extraño para una discución teológica en esta web ¿no es así...? Pero créame: este artículo trata de un tema muy interesante y de actualidad para cualquier teólogo... un tema que deberíamos reflexionar adecuadamente aquellos que nos involucramos en la difusión y apostolado...

Jack Vance es un galardonado escritor de ciencia ficción y ha ganado prestigiosos premios.

De cierto modo, todo escritor es un poco sociólogo, un poco psicólogo... un poco psiquiatra. Los escritores tienen una gran habilidad para percibir aspectos y situaciones que pasan inadvertidos al resto de la sociedad.

En 1966, escribió una novela llamada "Los ojos del sobremundo" ("The eyes of the overworld" en el original), que formaba parte de una saga ("La tierra moribunda").

En muchos escritos de Jack Vance, los héroes en realidad son anti-héroes. En esta novela el protagonista es Cugel, un hombre sin valores ni principios. Egocéntrico como es, trata de obtener en todo momento y situación ventajas para sí mismo sin importar las consecuencias que sus acciones lleven a los demás. En realidad es un hombre moderno, actual. Un hombre mundano.

Casi siempre las acciones de Cugel tienen consecuencias negativas para su persona, pero en la ecuación, generalmente sale beneficiado.

Su situación particular es igual a lo que ocurre en el mundo real: la inversión de valores de la sociedad, termina premiando a los "amañados"... a los pícaros (para describirlos suavemente), pero no a los justos, ni a los trabajadores, ni a los capaces. Este punto podríamos discutirlo en otra nota, para no alargar demasiado el tema de hoy.

En la historia de esta novela, hay un pueblo de pescadores muy pobres. Viven a expensas de sacrficios extremos. Sólo comen pescados porque no pueden intercambiar con otros pueblos alimentos debido a su pobreza. Viven en chozas semidestruídas a las que no arreglan porque no pueden comprender el sentido del sacrificio en pos de una vida mejor. Su aspecto personal es desaseado. Visten con harapos. Un pueblo temerario en todo aspecto: un pueblo sin ESPERANZA.

Este pueblo se aferra a un sólo objetivo terreno: desde tiempos inmemoriales, se les entregó un conjunto de lentes oculares con poderes extraordinarios. Son lentes de contacto que permiten a su portador ver el mundo de manera diferente. Aquel que porta estas maravillosas lentes, al mirar su choza ve un palacio. Cuando come en lugar de pescado hervido ve manjares exquisitos. Los habitantes del pueblo se ven con hermosos ropajes, peinados extravagantes, físicamente hermosos. Todo aquel que mira por las lentes, ve lo que los pescadores llaman "el sobremundo". Pero todo es una ilusión. Al portar las lentes siguen siendo miserables y andrajosos. Pero todos quieren vivir en la ilusión de la grandeza que les otrogan las lentes.

Hay un problema: las lentes no alcanzan para todos. Sólo hay lentes para un puñado de habitantes... y para poder portarlas, deben esperar pacientemente su turno en una lista de espera hasta que alguno de los portadores muera y les sean entregadas como herencia al primero de la lista.

Así es que los aldeanos deben esperar entre 30 o 40 años, trabajando pacientemente para proveer de todo lo que necesitan a los elegidos hasta que les llegue el turno y poder disfrutar de la ilusión por 5 o 10 años para luego morir... en la miseria de siempre.

En la historia, Cugel roba una de las lentes. Pero a él no le interesa la ilusión. Para Cugel, la lente servirá de intercambio para obtener un beneficio posterior.

El mundo en el que vivimos no es muy distinto al creado por Jack Vance.

La mayor parte de la gente vive como los aldeanos pescadores de la historia: buscando ilusiones que sólo alimentarán su mundo material. Han equivocado el camino de la felicidad y corren tras ilusiones.

Otros, como Cugel, se aprovechan de las expectativas de los otros para crear sus propias reglas.

La ilusión es tratar de que los otros vivan con tus reglas. Eso es imposible. Primero conviértelo y luego enséñale a vivir. No le señales gritándole "¡pecador!" Más bien llámale hermano, acércate, escúchalo... luego conviértelo. Conquista las almas una a una.

Predica con el ejemplo primero antes que con el discurso: si eres maestro, enseña como Cristo. Si eres trabajador, trabaja como San José. Si eres madre, imita a María.

El mundo debe notar que eres de Cristo. El hombre de Cristo no declama "¡yo lo sigo a Cristo!", en el silencio del anonimato trabaja incansablemente por la Obra. Cuando la gente que le rodea le ve, aprecia sus cualidades y valores aún cuando no saben por Quien obra.

Ese modo de vida humilde, anónima y de entrega a los demás es lo que precisa este mundo para cambiar. Hasta que no cambies el mundo que te rodea... no podrás cambiar al resto de la tierra. Empieza por los que tienes a tu lado. Primero el ejemplo, luego la acción.

Pero recuerda que para enseñar... debes saber... para saber debes estudiar... para estudiar debes esforzarte.

Si la Iglesia está como está, es porque es un reflejo del mundo. Es un reflejo de lo que nosotros mismos construimos. Y por lo que veo hemos construido bastante poco. Bastante pobre es nuestra obra.
Los que formamos parte de la Iglesia... deberíamos recordarlo más a menudo para encontrar la humildad.

Deberíamos recordarlo antes de subir al púlpito con el dedo acusador apuntando a un mundo desamparadamente solo.

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