miércoles, 16 de junio de 2010

La encrucijada



Foto: A todos nos llega el tiempo de elegir.




La Encrucijada

Entiendo el momento por el que estás pasando. Las cosas no están saliendo como pensabas y estás atravesando una etapa dura y difícil. Después de tantos años de estudio y de trabajo, no parece que la vida te retribuya como mereces. No es fácil encontrarse a pocos años del retiro y contemplar que después de tantos sacrificios el mundo ha vencido una vez más y hay que empezar de nuevo.

No quiero caer en el viejo discurso vacío de “la salud está primero” porque entiendo que eso no es necesario ahora. Esperas otras respuestas. Te cuestionas otras cosas. Esto es otro golpe más en tu vida, pero desde hace algún tiempo te noto distante, taciturno y meditativo. Pareciera que la tristeza logró penetrar hasta tu alma.

¿Sabes? Puedo comprender en gran medida los sentimientos que te atraviesan hoy, cuando la oscuridad atraviesa tu camino. Yo también he atravesado por ese desierto interminable en el que uno cree estar solo y en el que no se puede vislubrar una salida.

No es un camino agradable, lo sé, pero es importante que recuerdes que en esos momentos vacíos, en el instante en que las dudas sobre nuestro futuro se avecinan sin respuestas, es cuando puedes saber exactamente de qué estás hecho. En los momentos difíciles nuestra alma puede templarse para proseguir por el camino elegido.

Todo hombre tiene su momento, toda vida llega a una encrucijada. Ha sido así desde siempre, desde el comienzo de la era humana. Hay un momento crucial de nuestras vidas en las cuales nuestra propia sangre reclama encontrar la razón definitiva a nuestra existencia. Espera encontrar las respuestas que siempre hemos buscado. Saber cuál es el fin de nuestra existencia. Conocer cabalmente si esto que vemos es todo lo que hay y si después de nuestros días en la tierra no seremos más que un recuerdo brumoso en las memorias de nuestros descendientes.

¿Sabes? Yo también atravesé ese puente. También recuerdo las preguntas que asomaban en mi mente. Medía la vida en parámetros humanos y las dudas me acuciaban torturándome continuamente. El bien y el mal me tenían entre dos mundos y sentía mi cuerpo apesadumbrado y vencido.

En esos momentos, en la soledad del alma, todos los que honestamente buscan respuestas las encuentran. Es Dios el que te llama. Intenta despertarte de ese sopor en el que vives para hacerte comprender que está esperando tu respuesta.

Ha llegado tu hora,  el momento de tu decisión.  Ha llegado el momento del llamado. De la revelación personal con el que el Espíritu se muestra a los hombres. Así ha sido por siglos.

El llamado de Dios es conmovedor para los hombres. No puede ser de otro modo. Vivimos en el mundo contemporáneo como si fuéramos a morir mañana, acumulando bienes como animalillos en nuestras madrigueras, aletargados en el devenir diario y contagíandonos de mundalidad urbana: perdiendo la fe y los valores que nuestros padres intentaron inculcarnos. Pero te diré un secreto: el hombre es un ser eterno y desde esa eternidad, Dios te reclama para que vuelvas a casa. Porque El te amó primero, te pide que regreses.

La revelación de Dios es una realidad y una novedad absoluta que resulta inconcebible para tu mente. Es por eso que conmueve. ¿Te imaginas? Dios, desde su eternidad intenta hablar y contactar contigo, simple humano.  ¿Cómo podría dejar de conmoverse tu pequeño universo ante su presencia? Es El Eterno que intenta hablarte suavemente para que escuches en términos humanos.

Es el Dios Vivo que se acerca suavemente a tu vida. 

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